"Yo decidí no marginarme"

Michelle Suárez nació con el cuerpo equivocado. Es mujer, aunque su genitalidad diga lo contrario. Este mes se convirtió en la primera transexual que logra un título universitario en Uruguay al recibirse de abogada. Cuenta que no fue un logro fácil. La hostilidad y la discriminación la acompañaron en la carrera. Hoy, asegura que la repercusión pública que obtuvo en la calle es positiva. "PASÉ SEIS AÑOS SOPORTANDO QUE (EN LA UNIVERSIDAD) ME LLAMARAN POR UN NOMBRE MASCULINO, CUANDO ESTABA MAQUILLADA Y VESTIDA COMO MUJER", DICE LA ABOGADA.

GABRIELA VAZ

Tenía 15 años cuando decidió rebelarse contra un cuerpo que nunca sintió apropiado. Esa mañana se vistió como cualquier adolescente de su edad, se maquilló y salió de su casa con la decisión de presentarle al mundo una nueva apariencia. Así llegó a su clase en el liceo de Salinas -donde vivió toda su vida, donde todos eran conocidos desde siempre- como si fuera un día más. Pero no lo era. Aunque aún no lo sabía, esa decisión marcaría el principio de una "guerra". Para algunos, es difícil aceptar que, un día, él decida mostrarse como ella.

Michelle Suárez nació con el cuerpo equivocado. Es una mujer, aunque su genitalidad diga lo contrario y aunque la mayor parte de su vida los papeles la hayan registrado como Nelson. Por eso, se cataloga como "trans" (por transgénero o transexual), lo que define a aquellos que sienten poseer la identidad de género cambiada. Con 27 años, este mes recibió el título que la convierte en la primera abogada de estas características recibida en Uruguay (de hecho, es la primera transexual que finaliza una carrera universitaria en el país), logro que la colocó en todos los noticieros centrales de televisión, brindándole una repercusión que, asegura, es positiva. "En la calle me para gente de todas las edades para saludarme o felicitarme. Eso es síntoma de un cambio social que está operando en forma muy profunda. De por sí que yo hoy pueda ser abogada teniendo una identidad trans es un cambio; diez años atrás seguramente no hubiera sido posible".

Se presenta puntual en la redacción de El País para charlar pausado, pero con tono fuerte y decidido. Utiliza una jerga jurídico académica -que denota tanto su flamante profesión como su carácter de activista por la diversidad sexual- que no le permite bajar la guardia. Desliza una y otra vez términos poco escuchados que, empero, parece estar acostumbrada a manejar con frecuencia, como "transfobia" o "invisibilización". Son algunas de las marcas que le dejó su experiencia universitaria, la cual corrobora que, en Uruguay, para que una persona trans obtenga un diploma terciario, estudiar es necesario pero no suficiente. Y ella lo sabía.

De eso no se habla. Aquella mañana, en el liceo de Salinas, la adolescente (que hasta ese día era, para todos, "el" adolescente) generó dos tipos de reacción. De los funcionarios y docentes, la indiferencia; de los compañeros, el rechazo. La contención, en ese entonces, la encontraba en casa. Ambos padres aceptaron la situación. "Mi madre me lo había preguntado mucho antes de que yo lo exteriorizara y le contesté la verdad. En todo momento se mostró abierta. Su temor tenía que ver con las reacciones sociales y lo que iba a tener que enfrentar de ahí en más. Con mi padre fue igual". A falta de hermanos, su entorno de pares eran los amigos de la infancia, que mantiene hasta el día de hoy. Pero éstos no eran parte de su grupo liceal, por lo que allí el panorama era más bien solitario.

"La relación con mis compañeros fue terrible. Era una agresión constante, absolutamente. Se daba una situación de extrema hostilidad, porque ante la provocación había una respuesta, entonces estábamos en una guerra continua. En el momento en que el profesor desaparecía y comenzaba el recreo, realmente era una situación bastante complicada". En cuanto a los docentes y funcionarios del instituto, Michelle dice que quedaron "en el camino del medio". "Invisibilizaron la situación, no me plantearon nada. Fue el silencio. Lo peor que podía haber pasado es lo que hoy les pasa a muchas chicas trans: no las dejan entrar al liceo si no van vestidas de varón. Eso es horrible porque se te está negando el derecho a educarte. Ahora, tampoco está buena la invisibilización, porque obviamente por más que el equipo docente no te discrimine y que no te impidan que concurras, vas a sufrir muchas situaciones de hostilidad que te dan ganas de abandonar. Lo que se tendría que hacer es hablar con esa persona a ver qué está sintiendo, hasta qué punto se lo puede contener".

De hecho, esa es una labor que la propia abogada está llevando adelante hoy como parte del colectivo Ovejas Negras, el cual realiza talleres en centros educativos para hablar de diversidad sexual, discriminación y las leyes existentes en la materia. "A veces ante denuncias que se dan en ciertos liceos se habla con las autoridades. Cuando las personas se enteran de que hay mecanismos, se empiezan a manifestar rápidamente. Hay gente que no sabe que tiene derechos, cómo se puede defender, realmente se desconoce. Lo mismo pasa con la mayoría de las normas que han salido en los últimos 10 años y que tienen que ver con diversidad sexual. Hay un desconocimiento, no sólo por parte de la población, sino también por los estudiantes de Derecho y los propios abogados".

Palos en la rueda. En la Universidad, la historia fue al revés: quienes presentaron problemas no fueron los compañeros, sino los docentes. El caso que Michelle utiliza para ilustrar el panorama se remonta al segundo año de Facultad y es toda una paradoja debido a su protagonista: el profesor de Derechos Humanos. "Cuando supo mi identidad de género, me invitó a abandonar su clase, me dijo que no iba a corregir mis trabajos y que tampoco me tomaría examen. Fui al centro de estudiantes, que lo citó para aclarar la situación, pero no se presentó. El último recurso que quedaba era recurrir al Consejo. En ese momento, las autoridades no eran como las actuales, que son muy sensibles a la temática y con un decanato extremadamente abierto a los estudiantes en general. No había muy buenas perspectivas en cómo se iba a procesar el tema. Al final fui a hablar con otra cátedra, que me recibió con los brazos abiertos, y bueno, sorteé el obstáculo y tomé el curso con otro profesor".

Con los compañeros sucedió lo contrario: no se vio sometida a ningún tipo de hostilidad. "Creo que tiene que ver con el grado de madurez. En la facultad te tratan como un adulto desde que entrás. Y además, a diferencia de un liceo chico como del que yo venía, es un lugar multitudinario donde el anonimato invisibiliza problemas. No es lo mismo estar en una clase de 40 personas, donde se conocen todos y una situación como la mía da una gran notoriedad, que estar en una clase de 200 estudiantes. Las personas transfóbicas no van a agredirte, no tienen un contacto permanente ni tienen por qué tenerlo. Se te acercan los que no tienen ningún problema con la diversidad sexual".

Igualdad. Su elección por la abogacía, dice, es fruto de una vocación innata. ¿Se relaciona con esa constante militancia en el reclamo de derechos en la que, casi sin querer, su situación la introdujo? "De repente… nunca me lo planteé así. Jamás me cuestioné demasiado. El derecho ante todo es un instrumento social para igualar situaciones. A todos los grupos vulnerables les permite un mecanismo hasta de cambio social", opina.

Entre los debes jurídicos a nivel de diversidad sexual que enumera (ver servicio), la abogada destaca la importancia del cambio de identidad en los papeles. Ella lo consiguió recién el año pasado y asegura que fue uno de los mayores obstáculos emocionales para completar la carrera. "Es un tema. Yo pasé seis años soportando que me llamaran por un nombre masculino, cuando estaba maquillada, vestida como mujer, con una identidad femenina y todo mi entorno me conocía como Michelle. Cuando me iban a tomar examen, que había cientos de personas, me gritaban mi nombre (de varón) y yo tenía que decir presente. Es una situación extremadamente incómoda, que te deja totalmente vulnerable ante los demás. Vos no tenés por qué estar comentando cuestiones de tu identidad, que son íntimas. En ese momento, te quitan la opción de decidir a quién contarle y a quién no. Porque además nadie anda con un rótulo que diga `mujer`, `hombre`, `homosexual`. Y vos tenés que cargar con uno que diga `transexual`".

En la actualidad, Michelle sólo sabe de otras dos chicas trans que están cursando carreras universitarias, una en Ciencias de la Comunicación y otra en Psicología. Aunque ésta última, cuenta, quiere abandonar, justamente porque no soporta que la llamen como un hombre. "Hay que tener una decisión extremadamente firme. Yo siempre supe que no tenía por qué marginarme ni ceder espacios. Era una persona como el resto y tenía el mismo derecho que los demás a divertirme, educarme, trabajar, atender mi salud. Muchas veces las trans, por situaciones que las violentan -y yo las entiendo porque las sufrí en carne propia-, no van a una policlínica porque las llaman por un nombre masculino. Dejan de estudiar por la misma razón. No quieren salir a bailar porque les pueden pedir la cédula y no dejarlas entrar. En mi caso, por más que sufrí la misma discriminación, fue mi decisión no permitir que mi vida se termine marginando. Pero es difícil".

El acceso al mercado de trabajo está limitado por la misma razón, asegura. "Yo en este momento no tengo problemas porque trabajo como abogada independiente con una socia. Ahora, si pretendiera presentarme en un estudio jurídico, cuando tengo más méritos que la mayoría de las personas de mi generación, seguramente ni siquiera leerían mi currículum".

Leyes aún en el debe

Identidad. "Solucionarlo realmente cambia la calidad de vida de una persona trans. Cambia lo cotidiano, quita un montón de incomodidades y momentos extremadamente violentos".

Discriminación. "A veces llegamos a un núcleo duro, realmente fóbico, que no está dispuesto a abrirse. Y no hay medidas judiciales ágiles como para que, si te echan de un trabajo por discriminación, te lo devuelvan o te den un resarcimiento económico específico". Matrimonio igualitario. "Es insólito que existan institutos que dan derechos a una parte de la sociedad y a otra no. No puede ser que el Estado regule qué tipo de familia quiere y, mientras, desestimule, castigue y excluya a otra que existen. Porque no hablamos de una entelequia: son situaciones que se dan". Inseminación artificial. "No está regulada y los proyectos que hubo hablaban sólo de parejas casadas y por razones de esterilidad o infertilidad".

Trabajo. "Las personas trans son un grupo en extrema vulnerabilidad y deberían crearse mecanismos (para facilitar el acceso) para un trabajo digno, por cuotificación en los concursos o mediante cursos de capacitación laboral".

Derecho a la identidad "vulnerado"

-¿Cómo fue el cambio de identidad en los papeles?

-Lo logré el año pasado, es un proceso que dura un año. En Uruguay estos cambios pueden realizarse desde comienzos de 2008, y fue a fin de ese año que yo inicié el trámite. El primer caso fue el de Abigail Pereira, que fue muy resonado, y a partir de ahí comenzaron. Tampoco hay muchos casos en el país, porque lamentablemente la gente que está en situación de tanta vulneración no puede tener acceso a tratamiento jurídico. Muy pocas personas logran el acceso; la mayoría no sabe dónde puede tratarse gratuitamente, que pueden asesorarse en un consultorio jurídico barrial o de la Facultad de Derecho. También se puede recurrir a estudios privados, como fue en mi caso, pero muchos no tienen la posibilidad económica, por más que lo deseen y sepan cómo se realiza. Eso implicó que los casos fuesen pocos.

-¿El proceso es complicado?

-En la actualidad hay una norma que da certezas porque establece los requisitos exactos para realizar el procedimiento. Lamentablemente, ahora hay una disputa administrativa que hace que, a casi un año de aprobada la norma, no es operante. Por tanto, hay un derecho inherente a la persona, como es el de la identidad, vulnerado y menoscabado por un tema burocrático y administrativo. Es lamentable.

http://www.elpais.com.uy/Suple/DS/10/08/22/sds_509791.asp

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