Familias homosexuales y homofobias

OPINIÓN Todos los argumentos éticos en contra del matrimonio y la adopción gay demuestran que el problema no está en los homosexuales, sino en los prejuicios en su contra.

En 1998, algunas personas acudieron ante la Corte Constitucional para manifestar su repugnancia por el prójimo. Valiéndose de un lenguaje vulgar, y con el propósito de defender una norma que definía la homosexualidad como una falta disciplinaria, dijeron ante los magistrados que los homosexuales eran aberrantes.

Trece años después puede decirse que las cosas, o debo decir más bien que las palabras, sobre todo las palabras, han cambiado. Hay leyes que no dicen lo que antes decían: la palabra homosexualidad, por ejemplo, no hace parte de la lista de faltas disciplinarias en ningún estatuto profesional. Otras leyes dicen más de lo que decían: la expresión compañeros permanentes ahora designa también a parejas homosexuales. Y buena parte de quienes, con alguna pretensión de persuadir, se oponen públicamente al reconocimiento de las familias homosexuales declaran que no son homofóbicos, prescinden de palabras como aberración, y solo en el peor de los casos se refieren a los homosexuales con compasión, pero nunca con repudio. 

La semana pasada, por ejemplo, el Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia expuso en rueda prensa las razones por las cuales la Iglesia Católica se opone a la adopción por parte de parejas homosexuales. Comenzó con una declaración tajante en contra de la discriminación de los homosexuales, pasó luego a decir que la negación de la adopción era ante todo una cuestión de ley y ciencia, y solo al final, como si se tratara de un argumento prescindible –como de hecho debe ser en un Estado laico–, mencionó las razones religiosas de su oposición. 

Si nuestra visión del mundo dependiera exclusivamente de la manera como nos referimos a él, todas estas palabras sugerirían que en esta última década la sociedad colombiana se liberó, por lo menos en una buena medida, de sus prejuicios frente a la homosexualidad. Sin embargo, si esto fuera así, ni el reconocimiento del matrimonio igualitario, ni la aceptación de la adopción por parte de parejas homosexuales estarían hoy en cuestión. 

Todos los argumentos éticos en contra del matrimonio y la adopción gay demuestran que el problema no está en los homosexuales, sino en los prejuicios en su contra y en la incapacidad de pensar la vida desde la diversidad. Por un lado, la mayoría de los argumentos de oposición son solo un velo que transparenta el llano rechazo a la homosexualidad. 
 
Alegan, por ejemplo, que los niños criados por parejas gay se convertirán en homosexuales, argumento que solo funciona si se supone que la homosexualidad debe ser evitada. Esgrimen débiles argumentos naturalistas como que la única familia digna de reconocimiento es la conformada por hombre y mujer, en tanto solo ellos tienen la capacidad natural de procrear; argumento que no resiste la obvia objeción de que las parejas heterosexuales que no pueden o no quieren procrear no dejan por eso de ser reconocidas como familias. Prefieren no escuchar cuando se les advierte que la mayoría de los estudios científicos indican que no hay evidencia de que la crianza por una pareja homosexual afecte negativamente el desarrollo de los niños. 
 
Dicen que al oponerse al reconocimiento de la adopción únicamente están preocupados por los intereses de los menores, pero ni siquiera por prudencia dejan de pregonar ante aquellos que tienen dos mamás o dos papás que sus familias no son familias, que la relación de quienes cuidan de ellos es anormal, y que la mayoría de las personas en este país rechazan su estilo de vida. Tampoco se preguntan qué tan bueno es para los menores cerrar opciones de adopción en un país en el que, según las cifras del ICBF, existen cerca de 4500 niños que por razones de edad, etnia, situación de discapacidad o por tener hermanos en la misma condición son de difícil adopción. 

Por otro lado, algunos expresan su temor ante los efectos que puede tener para un menor el ser criado por dos mamás o dos papás en un contexto con altos niveles de discriminación social frente a los homosexuales. Tal vez se burlarían de él, o lo rechazarían. Pero, ¿quiénes lo harían? Con esto volvemos al mismo punto: el problema no son los homosexuales, sino los homófobos. Y el único modo de romper el círculo vicioso de la discriminación es eliminando desde ya los factores que lo reproducen. 

Cada persona es libre de definir los objetos de sus temores y de su repulsión. Pero resulta inconcebible que una decisión sobre la libertad y la igualdad de los homosexuales pueda llegar a depender de cuán extendidos y arraigados estén en la sociedad el prejuicio, la desconfianza y la repugnancia hacia ellos. 

* Investigadora asistente del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad –DeJuSticia (www.dejusticia.org).

Por Luz María Sánchez Duque
Aliados
Alianzas

asociaciones y organismos
Diseño y desarrollo:

CET de los Altos

www.cetdelosaltos.com